El lunes 19 de marzo del 73 comenzaron las clases de la primaria en Capital. Ocho días antes, el pueblo había vuelto a votar sin proscripciones después de 22 años. Los sobrevivientes de las bombas y los fusilamientos desempolvaban sueños veteranos con el triunfo de Cámpora. El Tío en el gobierno para que el General manejara el poder. Cuatro meses antes, la generación del “luche y vuelve”, nacida con Perón en el exilio, había convertido al 17 de noviembre del 72 en la victoria de la memoria que heredaron del archivo de la Resistencia. Gaspar Campos se transformó en la Meca de la peregrinación de los jóvenes peronistas, que tuvieron en Olivos su contacto bautismal con el líder.
Tiempo de “trasvasamiento generacional”, de aciertos y errores de un peronismo multifacético. Arriba del escenario Uturuncos, Taco Ralo, la Tendencia Revolucionaria, Montoneros, Guardia de Hierro, el Comando de Organización, la burocracia sindical y el legado de la CGT de los Argentinos. Cerca el Cordobazo, más cerca Trelew. “Los hay ortodoxos, los hay heterodoxos, los hay combativos, los hay contemplativos; pero todos trabajan”, dijo el general para explicar lo que desde la vereda de enfrente se veía indescifrable.
Un Perón lejano que acercaban las cintas de Pino Solanas y Octavio Getino hablaba de Mao, Tercer Mundo, socialismo nacional y actualización doctrinaria. Se lo escuchaba a la altura de los requerimientos de un planeta que reponía sus motivos a un ritmo muy acelerado. Analizaba sus dos primeros gobiernos confirmando cada medida y era autocrítico de la respuesta liviana, que ofreció ante la crueldad del enemigo.
El contexto mundial demandaba transformación y en la misma olla estaban los que apretaban el acelerador y los que pedían cambios graduales; los que entendían que el único camino era la lucha armada y los que creían en una revolución en paz. Los distintos niveles de ebullición estaban representados en Bahía de los Cochinos, la derrota francesa en Argelia, el Concilio Vaticano II, Vietnam, la ejecución del Che, Mayo Francés, teología de la liberación, Torres en Bolivia, Torrijos en Panamá, Velazco Alvarado en Perú, el Black Power, Malcolm X y Luther King.
Estábamos en quinto grado. Habíamos comenzado la primaria con la dictadura de Onganía en el 69, después pasamos por los meses casi imperceptibles de Levingston y finalmente los dos años de Lanusse. Se terminaba por un rato que sonaba equívocamente a “para siempre” la presencia de generales golpistas en la Rosada.
Escuela “Juan Bautista Alberdi” de Crámer y Juramento. La N°5 del Distrito Escolar 10, en el barrio porteño de Belgrano. Una fortaleza inaugurada en 1904, en la que experimentábamos desde primer grado la rara sensación de la doble escolaridad. En esos días en los que nombrar a Perón ya no significaba ir en cana, entró el maestro y dividió el aula en dos. “De acá para allá, los fiscales; y el resto, abogados defensores. Señores, mañana comienza el juicio a Juan Manuel de Rosas”. Pegada al colegio estaba la trinchera de la verdad. La Biblioteca Municipal “José Mármol”; un templo perfumado por ese olor a papel añejado que se escapaba de miles de libros. Nos internamos una tarde para comenzar a saber quién era en realidad ese monstruo del que habíamos escuchado mentas mucho más afuera que adentro del aula, porque en los grados iniciales la currícula lo ignoraba. Para demonizarlo había tiempo.
Los sucesivos regresos de la democracia en el siglo XX argentino siempre arrancaban acomodando la vida que milicos y civiles habían puesto patas para arriba. A cuatro cuadras del “Alberdi” estaba Monroe, importante calle del barrio que homenajeaba a James, el quinto presidente de los Estados Unidos y el padre de la doctrina que entendía que “América es para los americanos”.
La fuerza arrolladora de la época se escribía con revisionismo histórico y al año siguiente entendimos al profe que nos metió jugando en la discusión del pasado, porque la Ordenanza 29.905 hizo justicia y en el cartel azul con letras blancas de las esquinas ya no se leía Monroe, ahora el protagonista era el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas. Para aquellos 11 años de guardapolvo blanco, el dato estuvo muy lejos de pasar desapercibido. En el aire flotaba un espíritu revolucionario que operaba como una autorización invisible para terminar con el legado de la que se pensaba, con error de cálculo, había sido la última dictadura.
La “primavera camporista” se convirtió demasiado rápido en un invierno inesperado. El 20 de junio Ezeiza contó parte del futuro a través de la presentación sin membrete de la Triple A y siete días después, con la traición de Bordaberry a la democracia, comenzó la dictadura uruguaya que duró hasta 1985.
El 11 de septiembre, las bombas que caían en blanco y negro sobre la Moneda traían por la tele la muerte de Allende. La vía chilena al socialismo había caído en manos de Kissinger, los Chicago Boys de Milton Friedman y Pinochet. El Plan Cóndor estaba comenzando a desplegar sus alas.
Cuando la Constitución regresó a la Argentina, ya no existía la América del Sur que peleaba su futuro con el norte. En ese panorama de amenaza continental, que contaba con la preexistencia de Stroessner en Paraguay desde 1954 y la dictadura brasileña a partir del golpe que terminó con Goulart en el 64, Argentina votó el 23 de septiembre. Con el 62% de los votos Perón rompió en mil pedazos el decreto 4161, pero su salud caminaba hacia el final. El líder sufría, entre cosas, el desgaste que le había generado un infarto en el invierno europeo del 73.
Dos días después de las urnas, el asesinato de Rucci dinamitó todos los puentes. El desencuentro se hizo cargo de la interna, la juventud dejó de ser maravillosa y se apoderó de la militancia el dolor que siempre genera no entender quién es el verdadero enemigo.
Perón asumió el 12 de octubre de 1973; fue el último presidente argentino que cumplió con una tradición del siglo XIX y que en la centuria posterior solo tuvo continuidad en los juramentos de Quintana, Figueroa Alcorta, Sáenz Peña, Yrigoyen, Alvear e Illia. Cuatro días más tarde, el mundo quedó patas para arriba con la crisis del petróleo, que duplicó los precios del crudo y afectó notablemente el crecimiento planetario.
El largo listado de imperfecciones políticas que se había plantado como un gran obstáculo para el regreso del modelo nacional no impidió la vuelta de un país económicamente más equitativo, con pleno empleo, fábricas a tres turnos y justa distribución de la riqueza. Argentina venía de una década con números impactantes, a pesar de todo. Era un triunfo silencioso de la economía popular contra el achique liberal que domaba con represión a la política, pero que no podía con el proyecto industrial.
En el verano del 74, Perón planteó la “purificación” del movimiento. Los giros a la derecha que terminaron con los gobiernos de Buenos Aires y Córdoba mostraban un panorama incurable.
El último balcón del general fue el 12 de junio. Guardó en su corazón “la más maravillosa música” y se despidió de su pueblo.
El 1 de julio de 1974, en la segunda hora del turno tarde, entró el director para decir: “El Presidente de la Nación ha muerto”. Éramos pibes de sexto grado, con una inédita sensación de orfandad política que no podíamos terminar de entender, pero que nos había congelado el alma.
En marzo del 76, el decreto 1665 de la dictadura terminó con Rosas y la calle volvió a llamarse Monroe.
FUENTE; PAGINA 12
