El Banco Nacional de Drogas no le da la medicación oncológica “Me están dejando morir”

Marcelo Pavone tiene cáncer de timo y no puede iniciar el tratamiento que le indicó su oncóloga porque no le proveen la inmunoterapia. La angustia de una carrera contra el tiempo sin respuestas del Estado.

Marcelo Pavone tiene cáncer de timo, un tipo raro de carcinoma en una pequeña glándula ubicada delante del corazón. Tras un primer tratamiento con quimioterapia con buenos resultados, la enfermedad volvió a manifestarse en marzo de este año en los controles en el Instituto Roffo, donde su oncóloga prescribió inmunoterapia: una combinación de drogas que, administrada cada 21 días, le abren una chance de sobrevida. Para él y su familia se impone ahora una urgente carrera contra el tiempo. Pero en su caso la angustia mutó en desesperación. Ni Ciudad ni Nación están cumpliendo con su obligación de proporcionarle estos medicamentos. Los días y meses pasan y los trámites, pedidos, reclamos, amparos judiciales, se multiplican. La respuesta que reciben es siempre la misma: “No están llegando”. “No están bajando”. “No hay”.

Instituto Roffo. Foto: Sandra Cartasso SANDRA CARTASSO

El suyo es un botón de muestra de lo que hoy parece normalizado en la Argentina administrada por Javier Milei, quien acaba de decidir un nuevo recorte de 2,5 billones de pesos en el presupuesto, de los cuales 63 mil millones corresponden a la provisión de medicamentos, insumos y tecnologías del área de Salud. En particular, 5 mil millones se descontaron del programa de lucha contra el cáncer.

Una red amorosa que incluye a docentes de la comuna 11 -la familia es de Villa del Parque– se puso en marcha para dar una mano en este caso extremo. Pero el rol del Estado es insustituible: Cada inyección de Pembrolizumab -así se llama la medicación- cuesta 22 millones de pesos y el tratamiento completo -en la medida en que el cuerpo del paciente resista- abarca unas 35 dosis. “Es desesperante porque él se puede curar. Pero depende de una medicación que es inalcanzable, por más colecta que hagamos. Y nadie le explica por qué no se la dan, o mejor dicho, le explican que ‘no la están bajando’. La diferencia entre la vida y la muerte es una partida que de repente se cortó”, reclaman.

El diagnóstico

Marcelo tiene 55 años y su compañera, Julieta Condró, 54. Ambos son artesanos textiles, hacen manteles y almohadones que venden en las ferias de Plaza Serrano y Agronomía. Marcelo es además orfebre y trabaja en plata; Julieta es profesora de yoga. Sin obra social ni prepaga, corresponde que afronte el 100 por ciento de la medicación la Ciudad de Buenos Aires o, en caso de faltante, la Nación.

Dos años atrás, lo que comenzó como malestar y tos persistente y fue tratado como gripe en una primera consulta, mutó en sospecha en otra guardia pública con una placa de tórax. Finalmente Marcelo tuvo su diagnóstico y admisión en agosto de 2024 en el Instituto Roffo, el prestigioso hospital oncológico que depende de la UBA y que también está desfinanciado por el gobierno libertario.

El diagnóstico fue durísimo; un cáncer muy poco frecuente, en un estadio muy avanzado, 4. El primer tratamiento que propusieron en el Roffo fue la quimioterapia, no había opción de operación por lo avanzado y la ubicación del tumor, cerca de las venas del corazón”, recuerda Julieta.

Seis sesiones de quimioterapia llevaron a buen puerto, con la enfermedad en remisión y controles trimestrales. En el último control, el 9 de marzo de este año, la enfermedad volvió a manifestarse. Y la oncóloga propuso inmunoterapia: drogas inyectables cada 21 días, en un tratamiento que debía comenzar cuanto antes.

El derrotero que describen suena agotador y angustiante.

“Presentamos todo lo que nos pedía Ciudad, a través de Gestión de Medicación del hospital. A los días nos piden un estudio específico que se hace con la biopsia, y vuelta para atrás. Y cada vez aparecía un nuevo requisito: ‘ah, no, te falta este papelito, te falta esto otro’. Y así empiezan a correr los días, mientras sabés que el cáncer avanza”, repasan.

“Cuando vimos que la cosa se frenaba empezamos a buscar otras vías, pero recién cuando llega la negativa de Ciudad porque no tienen la droga, recién ahí la podés pedir al banco oncológico de Nación. Así te dicen: como si fuera ir a buscar papas y en la verdulería te dicen no tengo, andá a otra”, lamenta Julieta.

En su relato, el acercamiento humano y empático ante quienes atraviesa una enfermedad surge en el hospital, con sus limitaciones: “Estoy super agradecida con el Roffo, la oncóloga es amorosa, es una capa total, y la parte administrativa también. Ellos están trabajando super bien y siempre que pueden te ayudan, hasta con los trámites. Pero cada vez se les complica más, y lo ves todos los días. En un hospital oncológico, todos los controles básicos son con tomógrafo. ¿Cómo hacés si se rompe el tomógrafo y tardan dos meses en arreglarlo? O el mamógrafo: hace meses que vengo escuchando que las mujeres no tienen turno para el control, porque está roto. Son cosas básicas”, denuncia.

Instituto Roffo Foto: Sandra Cartasso SANDRA CARTASSO

Pasó todo otro mes y medio hasta que también llegó la negativa de Nación: el medicamento no estaba. Les indicaron entonces recurrir a la Dirección Nacional de Asistencia Compensatoria (Dinadic). Pero allí les dijeron que la medicación había sido girada al banco de drogas, por lo que no les tomaron el trámite. Al hospital, sin embargo, la cura para Marcelo aún no llega.

Abatidos

En el medio los Pavone iniciaron amparos judiciales, presentaron cartas documento, hicieron pedidos solidarios. Sumaron angustia a la angustia. Marcelo perdió 15 kilos en estos últimos tres meses y no está pudiendo trabajar. Julieta sostiene el trabajo que antes era de a dos. A los turnos médicos tienen que sumar una cantidad de trámites y gastos para pedir lo que debería estar listo ante la primera solicitud médica.

“La sensación es que está en muchas manos y en ninguna, entonces nadie se hace del todo responsable. La cuestión es que la droga no aparece. Y cada vez tenés menos interlocutores. Antes, para conseguir la medicación de la quimio, por ejemplo, íbamos a Salud de Ciudad, en Barracas, y lo gestionábamos nosotros. Con el cambio de gobierno eso ya no es personal. ¿Por qué? Porque echaron a un montón de gente de las oficinas que íbamos”, repasan.

Marcelo llega a la nota, en los jardines del Roffo, abatido, sin fuerzas. Viene del juzgado -el expediente tramita ante el Civil y Comercial Federal 7, Secretaría Nº 13-; le dijeron que si iba personalmente podía acelerar el amparo. No lo logró. Siente que las vías se le agotan mientras el tiempo corre en su contra. “A los que estamos pasando por esto, hoy nos están dejando morir”, concluye.

 

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