La sorpresiva ampliación del BRICS, no porque no estuviera ya en los planes de la organización sino por la decisión de resolverla a último momento en la Cumbre de Johannesburgo, ratifica la modificación sustancial producida en el tablero geopolítico y económico internacional. Ya no se trata de un proceso en curso, que avanzaba de la mano de la lenta pero inocultable declinación del poderío global de Estados Unidos, manifestado en el área económica con la creciente pérdida de gravitación del dólar en la economía mundial y en el terreno militar por la ignominiosa retirada de Afganistán luego de veinte años de guerras, para no citar sino dos ejemplos. Estamos en cambio frente a un proceso que ya ha llegado a su término, cristalizando una nueva configuración del poder mundial que puso fin al unipolarismo estadounidense y a la primacía global de Occidente.

La escena internacional hoy muestra un panorama bien distinto al que prevalecía una década atrás: los BRICS conformando una organización cuyo producto bruto combinado supera al de los países del G7; un avance formidable en el terreno de las nuevas tecnologías de información y comunicación en países como China e India (y en menor medida, Irán) superando en varias áreas a Estados Unidos y Europa; el derrumbe de cinco siglos de dominación de Occidente sobre el resto del mundo, expresado en los desafíos que hoy plantean países que fueron hundidos en el atraso y la miseria por Inglaterra y sus cómplices europeos, como China por ejemplo, con las dos Guerras del Opio; o sometido a un status colonial, como la India; o marginado como una expresión de la “barbarie asiática”, como Rusia; o el renacimiento de una postura anticolonialista en varios países africanos, cuestión que experimentó en carne propia Emmanuel Macron en su reciente visita por algunos países de la región; Europa, convertida en un indigno protectorado norteamericano carente de un mínimo grado de influencia en su propio territorio, para ni hablar de las regiones circundantes, y en donde la OTAN desplazó a la Unión Europea como la verdadera organización supranacional europea, dirigida a control remoto desde Washington. Ejemplos de esta reconstrucción de la estructura del poder mundial, en clave post-hegemónica, son visibles en los más distintos ámbitos del escenario internacional.

 

La ampliación del BRICS incorporó a seis nuevos países de los cuales cinco son ricos en recursos energéticos: Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irán y gas en Argentina y Etiopía) mientras que la vieja elite económica mundial del G7 se caracteriza precisamente por su dependencia de las importaciones de petróleo y gas, no en el mismo grado para todos sus miembros. De ahí los lamentos y las críticas de los pensadores y estrategas del imperio ante el BRICS ampliado. Para la Argentina el ingreso a esta organización no podría haberse producido en momento más propicio: diversificará nuestro comercio exterior, permitirá acceder a nuevos financiamientos para obras de infraestructura y desarrollo industrial y será una palanca valiosísima para poner fin a la nefasta influencia del FMI en los asuntos internos de nuestro país. Como era previsible, la derecha sin distinción de matices se manifestó en contra del ingreso al BRICS, descargando una serie de gastados lugares comunes tipo “nuestro lugar es en Occidente” y otros por el estilo. Dada su condición de meros agentes coloniales no podía esperarse otra cosa de ellos. Sus propuestas, a cuál más retrógrada y destructiva, tropezarán ahora con nuevos obstáculos, en un país fortalecido por su pertenencia al BRICS y por su asociación con las grandes potencias económicas y políticas emergentes que ya construyeron un nuevo ordenamiento internacional policéntrico y post-hegemónico.