Juan Román Riquelme no juega profesionalmente hace muchos años. Como Maradona, su paso posterior al fútbol es tan trascendente como su pasado en las canchas. Es un don que tienen pocos, muy pocos, porque la sensibilidad social no se aprende. Cuando las piernas ya no dan y la pelota queda lejos, solo algunos son más grandes que en sus años de oro. Riquelme es el presidente de Boca más votado de la historia no porque sea un ídolo del pasado, sino porque entiende que Boca es un club enorme, el más grande de la Argentina, y que eso significa que es de la gente, de los socios, de los hinchas de todo el país, de todos los que sienten los colores. Un club es un concepto integrador un sentimiento colectivo, una idea de trabajo y contención diaria, en la que Riquelme se metió 24 x 7, con errores y aciertos. Algo que es más que el logro deportivo, algo que refleja la identidad y la claridad ante el hincha. El «ser de Boca».

Riquelme puso a Mauricio Macri ante la peor derrota democrática de su historia porque tiene una visión superadora de lo que es un club, de su significado. Para Macri, un club de fútbol es el triunfo o la nada, como concepto basal de nuevos negocios e intencionalidad política. Ese enfrentamiento de modos de vida es lo que definió una elección en la que Riquelme enfrentó a todo el sistema: a los medios que lo despedazaron porque no les cae simpático, al poder político de Macri y a los jueces con curiosa raigambre PRO. La pregunta que hay que hacerse, entonces, es ¿por qué Riquelme pudo en una batalla que todos, fuera y dentro de la política, perdieron?

El pibe de Don Torcuato, fanático de los asados, se encargó de exponer cada una de las intenciones de Macri desde el minuto cero, con la ventaja que le da la popularidad de que lo quieran y le crean, algo que tienen pocos. Desde los 20 años le viene diciendo al ingeniero lo que le dijo en toda la campaña, y hace esa misma cantidad de años Macri se viene moviendo como se movió en la campaña. Pero esta vez fue diferente porque se cruzó con un Román de extrema sinceridad social, ante un Macri con la polvora mojada, corriéndose de manera escandalosa la máscara del disimulo.

El líder del PRO recibió en Boca el rechazo de casi 7 de cada 10 votantes. Antes, en las elecciones nacionales, su partido fue ignorado por 8 de 10 votantes. Macri no debió ser candidato, tampoco, en Boca, pero su ansia de negocios pudo más y tuvo la peor derrota, la más dolorosa, en su pago chico. En la campaña puso jueces adictos a frenar las elecciones cuando vio que los números no le daban; usó a Martín Palermo, uno de los tres ídolos más grandes de la historia de Boca, para hacer campaña; develó ante la impávida mirada de periodistas amigos que le pidió a Carlos Bianchi llevar al japonés Takahara a jugar la final del mundo a Tokio para conseguir rédito monetario. También contó, sin ponerse colorado, que le pidió a Riquelme traer «a jugar unos partidos» al 9 de Qatar para conservar el auspicio de Qatar Airways en la camiseta. Visto en conjunto, es una escena dantesca de la que, sin embargo, nadie le preguntó nada en la campaña. Alcanzó, claro, con que Riquelme lo exponga en vías alternativas de comunicación como el canal de Boca o ciclos de alto rating en streaming de Youtube, esas plazas donde la resistencia al poder se hacer manifiesta y poderosa. No es casualidad que Macri pierda la batalla en los medios cuando tiene todos los medios a su favor. Algo cambió.

A decir verdad, Riquelme es un líder popular pero no es mago. La sociedad viene decodificando que Macri es un dirigente que engaña y que no tiene límites para conseguir lo que busca. En las últimas encuestas previas a la elección, la judicialización de los comicios en Boca ya marcaba ser un fenómeno más perjudicial que favorable para Macri. Pero no le importó y jugó una última carta: le pidió al presidente de la Nación, Javier Milei, que vaya a votar a la Bombonera. El libertario fue abucheado por haber gritado, según confesó, goles de River, y por decir que en Boca manda el populismo. De paso, le facturaron sus salvajes medidas de ajuste. Milei se prestó a una experiencia de rechazo a su modelo mientras el propio Macri viajó a tareas en la FIFA y no fue a votar. Indescriptible.

El ex presidente demostró que, una vez más, quería a Boca como proyecto político. Riquelme, en la otra esquina, fue hábil para correrse de los intencionados que querían ponerlo de un lado. A pesar de su amistad con Sergio Massa, nunca mencionó al partido, su voto o siquiera una sospecha. Es evidente que Román tiene, como todos, una manera de ver la vida. No está claro si eso tiene representación partidaria y tampoco importa. No deja claro qué es lo que quiere, pero sí grafica a la perfección qué es lo que no quiere. «Este señor me quiere comprar hace 20 años», dijo sobre Macri hace unas horas. Como le pasó con Maradona, ese señor tiene problemas con los que lo desafían en serio y le juegan fuerte. Si Diego lo viera hoy a Román, seguramente estaríamos disfrutando del abrazo y el reencuentro de dos que demostraron que al poder se lo enfrenta así, y no de otra manera. Seguramente, ambos dirían lo que dijo Maradona: que Boca no es de Macri, es del país.