Patricia Bullrich no iba a resignar protagonismo y por varias horas logró que la tensión que se vivió durante todo el miércoles dentro de la Cámara de Diputados se trasladara hacia la calle. Más que un operativo, la ministra de Seguridad desplegó en las inmediaciones del Congreso un circo represivo. La Prefectura, la Gendarmería y la Policía Federal se enfrentaron deliberada y forzosamente contra un grupo de militantes y agrupaciones de izquierda —unas siete mil personas, según los organizadores— que se concentraron para repudiar el tratamiento del proyecto de Ley ómnibus.

El corte en la intersección de Entre Ríos y Rivadavia pudo haberse reducido a través del diálogo al menos a algunos carriles, pero las fuerzas decidieron no designar un interlocutor y cerca de las seis y media de la tarde, avanzaron. Primero los arrinconaron, luego los rodearon por los cuatro costados —con todo el cotillón de los hidrantes y la motorizada— y finalmente pegaron.

Tiraron gas pimienta directamente sobre los ojos de varios manifestantes, entre ellos el diputado nacional Alejandro Vilca, que hacía pocos minutos había bajado del recinto acompañado por sus compañeros de bloque. Más tarde llegaron a la Plaza centenares de autoconvocados, con cacerolas y carteles caseros en mano que denunciaban el ajuste del Gobierno. Algunos de ellos fueron detenidos entrada la noche durante una cacería posterior a cargo de la PFA. Al cierre de esta edición, se contaban al menos seis presos —dos varones y cuatro mujeres, una de ellas militante de la UCR—, todos bajo la clásica figura intimidatoria de «resistencia a la autoridad». Juan Grabois y su frente Patria Grande se sumaron también en solidaridad con lo que consideraron un “amedrentamiento desmesurado a ciudadanos pacíficamente movilizados”.

Gas pimienta

“Estábamos cortando las dos avenidas cuando la prefectura avanzó por Entre Ríos. Nos tomó por sorpresa, algunos estábamos sentados sobre el asfalto. Cuando me quise incorporar ya los tenía encima. Intentamos retroceder, pero igual seguían pegando”, relató a Página/12 Celeste Fierro, legisladora porteña del MST.

Fierro recibió la misma descarga que Vilca: gas pimienta directamente a los ojos. El diputado, que fue reprimido en un segundo avance, sobre Rivadavia, lo contó así a este medio: “Cuando vimos las imágenes del operativo nos pareció desmesurado y decidimos bajar de la Cámara a apoyar la movilización, que igualmente era bastante tranquila. Ni bien pisé la calle ya empezaron a avanzar. Les grité «soy diputado, paren» pero no hubo caso. Por debajo de los escudos me pegaron un puntazo con el palo y en un momento recibí de frente el gas pimienta. Vergonzoso, igual que lo que estaba pasando dentro del recinto”.

La escena le hizo recordar, agregó Vilca, a los golpes que la Federal le propinó a varios diputados durante la represión de diciembre de 2017 sobre la movilización que fue a repudiar aquella vez la reforma previsional de Mauricio Macri. «El ajuste no cierra nunca sin represión», reflexionó. Bullrich, igual que ahora, era entonces la ministra del área.

En esa volteada también cayó el primer detenido de la jornada, un manifestante de origen chileno que no pertenecía a ninguna de las organizaciones. En el interín, además, la PFA avanzó sobre un grupo de mujeres jubiladas que todos los miércoles se manifiestan sobre el anexo de Diputados. Algunas sufrieron una descompensación. «Tuvimos miedo, nunca nos habían reprimido así», contó Nancy, de la Mesa Coordinadora de Jubilados y Pensionados.

Palo y circo

De la movilización participaron el Polo Obrero, el MST, Barrios de Pie y distintas agrupaciones piqueteras del FIT, además de grupos autoconvocados de sectores de la cultura, el Conicet y los derechos humanos. La idea de algunos era realizar una suerte de radio abierta sobre la calle, pero duró poco. La manifestación se inició pasado el mediodía y terminó entrada la noche. Los organizadores calcularon que durante el lapso de varias horas de movilización circularon unas siete mil personas.

Por momentos, el operativo desplegado por Bullrich superaba ampliamente a los manifestantes. Luego de la represión, una escena dantesca describió lo que estaba sucediendo: un cordón de policías de la federal, gendarmes y prefectos arrinconó a un grupo de militantes sobre la plaza. Más de un centenar de uniformados, uno al lado del otro, conformaron una suerte de fila india, que a modo de corralito intentó arrinconarlos sobre la vereda. Muchos de los militantes lograban filtrarse y se burlaban de lo ridículo de la situación. En los celulares de los militantes ya circulaba a esa hora la imagen de un inspector de Genadermería con una inscripción libertaria.

«Lo único que buscó Patricia es pegar para hacer circo, no había razón para hacer lo que se hizo», se sinceró ante este medio un funcionario porteño de primera línea. La Policía de la Ciudad fue –nuevamente– relegada a un segundo plano en su propia jurisdicción.

«La gente no hizo nada. Se montó un operativo para meter miedo. Para que no se movilice. No queremos miedo y vamos a estar donde tenemos que estar», dijo Grabois desde Congreso.

La cacería

A partir de las ocho de la noche, coparon las esquinas adyacentes al Congreso un grupo de autoconvocados. Cacerola y carteles caseros en mano, fueron cientos los que se acercaron a repudiar la sesión. «Siento mucha bronca por cómo nos están vendiendo el país», protestó Alicia, que llegó hasta el Congreso junto a sus compañeros de la Asamblea de Almagro, que se formó en 2001. «Es un atentado a la soberanía», sumó Victoria, una joven cirujana oriunda de Tucumán que trabaja en el sector privado y se formó «orgullosamente en la universidad pública». La mayoría de las ideas de los autoconvocados iban en la misma línea: estaban allí para defender lo que consideran derechos conquistados que están en riesgo bajo el flamante Gobierno.

Cuando la Gendarmería comenzó a replegarse, muchos empezaron a festejar. Las camionetas de la fuerza empezaron a salir por Rivadavia, escoltados por la PFA. Parecía un desfile militar, y recibieron un saludo acorde. «Yo sabía/ yo sabía/ que a la casta/ los cuida la policía», les gritaron.

En ese momento, la calle ya era un hervidero, y la PFA entró en acción, llevándose a cuatro mujeres detenidas. «Me senté en el piso a cantar el himno y me llevaron», llegó a relatar una de ellas a C5N, mientras se la llevaban. Cerca de la medianoche, detuvieron a otro varón. «Me llamo Sebastián Alejandro Moreno», llegó a decir antes de que lo suban al patrullero.