La Selección Argentina no pudo coronar su anhelo de consagrarse bicampeona del mundo. Después de más de dos horas de brava resistencia, España terminó alzando la Copa en Nueva Jersey. Pero nadie podrá levantar la voz ni señalar a nadie con el dedo levantado. No hay nada que objetar y sí, mucho para agradecer. De ocho partidos, se ganaron siete y solo no se dio el último resultado, el decisivo, el que le hubiera aportado un cierre inmejorable a un ciclo que ya está en la Historia, así con mayúsculas. La final no se jugó, solo se aguantó; se hizo lo que se pudo.
Es una pena que el equipo que capitaneó Lionel Messi y que dirige Lionel Scaloni no haya podido levantar la Copa que tanto ambicionaban ellos como grupo y el pueblo argentino que tanto los alentó y al que tanto emocionaron. Pero los inolvidables cuarenta días mundialistas que nos hicieron vivir no deberían quedar subordinados a la mira siempre estrecha de los resultados futbolísticos.
Lo único que importa ahora que se ha parado la pelota del Mundial es que la Selección Argentina hizo vibrar al país. Generó esperanzas y alegrías hasta donde no suele haberlas, sacó a millones de argentinos a celebrar a las calles y nos hizo sentir orgullo legítimo de los colores celeste y blanco que ondearon en los balcones y las terrazas de los barrios más caros. Pero también en las ventanas de los barrios más humildes y carenciados. Las grandes ciudades y los pueblos más pequeños, las padres, las madres y los hijos, los abuelos y sus nietos, todos nos sentimos cobijados. Todos nos pusimos la camiseta. Millones en el pecho, millones en el corazón. Todos gritamos con el alma los goles y las grandes victorias.
Por eso, no hay nada que objetar y sí mucho que agradecer ahora que tocó perder. El periodismo hará sus análisis. Pero lo que nos fue pasando como país en estos cuarenta días fue mucho más grande e importante que las medallas de plata que se recibieron. O el segundo lugar que se ocupó en el podio triunfal. El mensaje que transmitieron desde las canchas los jugadores y el cuerpo técnico, la rebeldía y el coraje con el que se compitió aun desde la adversidad y el compromiso de todos para llevar los colores a lo más alto, anudaron un lazo emocional incomparable con las fibras de una sociedad que tuvo un motivo para volver a creer, pese a que todos los días, desde los despachos alfombrados de la política y la economía, se nos dice lo contrario.
Y si nada de esto hubiera pasado, el episodio de la bandera con la frase “Las Malvinas son Argentinas” que mostraron los jugadores después de la remontada con Inglaterra, también habría valido la experiencia entera. El gesto desafiante de las disposiciones de la FIFA y de las preferencias del gobierno de los hermanos Milei repuso en la agenda internacional un tema que parecía asordinado, que el Poder no quería conversar.
Fue un homenaje a la Argentina insumisa y discutidora, a la que no se entrega. A nuestra manera de ser. El reflejo del espíritu de un equipo que, dentro y fuera de la cancha, nos repuso el orgullo de ser argentinos. Por eso lo queremos tanto y le damos las gracias por todas las emociones que nos hizo vivir. Aunque al final haya tocado perder.
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